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La ingenuidad que debemos superar



Imagen destacada: «We Shine Together» de Ana Filipa dos Santos Lopes para Fine Acts remezclada por la Cátedra RELIA de la UNESCO bajo licencia CC-BY-NC-SA 4.0.


👤 Dorothy Laubscher es profesora de la Unidad de Investigación de Aprendizaje Autodirigido de la Facultad de Educación de la Universidad del Noroeste. Ocupa la Cátedra UNESCO de Aprendizaje Multimodal y Recursos Educativos Abiertos en la Universidad del Noroeste de Sudáfrica. Participa en diversos proyectos que exploran los recursos educativos abiertos, las prácticas educativas abiertas, la formación del profesorado de matemáticas, el aprendizaje asistido por tecnología y el aprendizaje multimodal para promover el aprendizaje autodirigido.


Compartir parece sencillo.

Alguien publica un mensaje en un grupo de WhatsApp o en un canal de Teams: «Por favor, compartan sus recursos». La idea es generosa y, en principio, debería facilitar la enseñanza y mejorar el aprendizaje. Sin embargo, he aprendido que compartir suele ser ingenuo, no porque la apertura sea una mala idea, sino porque subestimamos lo que realmente cuesta compartir. La Recomendación de la UNESCO sobre los recursos educativos abiertos (REA) deja claro este punto: compartir funciona mejor cuando se apoya en el desarrollo de capacidades y en condiciones propicias (UNESCO, 2019).

En muchas comunidades educativas, son siempre las mismas personas quienes comparten. Casi que se pueden predecir los nombres que responderán cuando alguien pida una tarea, un memorándum, una rúbrica o un conjunto de diapositivas alineadas con el plan de estudios. Algunos colegas suben rápidamente los archivos, pero lo que comparten rara vez es «rápido». Ordenan el recurso, corrigen errores, añaden instrucciones y lo adaptan para que pueda utilizarse más allá de una clase. Después de esto, a menudo el hilo se queda en silencio. Muchos descargan, pocos responden y aún menos contribuyen con algo propio. Con el tiempo, ese silencio puede hacer que los contribuyentes se sientan un poco utilizados, especialmente cuando siguen llegando solicitudes de más material.

Sería fácil culpar a las personas y tacharlas de egoístas. No creo que eso sea justo. La mayoría de los facilitadores están sobrecargados, a menudo agotados y, en ocasiones, inseguros sobre si lo que tienen merece la pena compartirlo. El reto más profundo es la ingenuidad sobre lo que requiere compartir y lo que ocurre cuando esperamos que funcione solo con buena voluntad.

La primera suposición ingenua es que compartir no requiere esfuerzo.

Cualquiera que haya preparado un recurso para otros sabe que lleva tiempo y criterio: hay que revisar el contenido, eliminar los nombres de los alumnos, aclarar las instrucciones, añadir una nota y asegurarse de que el archivo se abre en diferentes dispositivos. Es posible que haya que convertirlo en un formato editable o comprimirlo para reducir el uso de datos. Lo que desde fuera parece un pequeño gesto suele ser el paso final de un largo proceso, realizado en los ratos libres entre correcciones y reuniones.

La segunda suposición ingenua es que compartir es gratis.

En Sudáfrica, puede resultar caro de forma pequeña pero constante. Los costes de datos son una realidad y la conectividad varía según las personas. Estos retos pueden interrumpir las tareas más sencillas, como subir, descargar o responder. Cuando decimos «solo tienes que enviar el enlace», olvidamos que un enlace solo es útil si la gente puede abrirlo.

La tercera suposición ingenua es que compartir es seguro.

Muchos facilitadores temen ser juzgados, especialmente cuando los comentarios no siempre son amables. Compartir puede parecer como poner tu trabajo a la vista de todos, y algunas personas no contribuyen porque prefieren evitar las críticas antes que arriesgarse a pasar vergüenza.

También existe una ingenuidad jurídica que hace que la gente sea cautelosa.

Muchos dan por sentado que si algo es para la enseñanza, automáticamente se puede compartir. Los derechos de autor no desaparecen en la educación, y la incertidumbre sobre los permisos y las licencias puede llevar, por un lado, a compartir de forma arriesgada y, por otro, al silencio. La Declaración de Ciudad del Cabo sobre Educación Abierta nos recordó hace años que la apertura no solo se refiere al acceso a los materiales, sino también a la creación de una cultura de participación e intercambio (Declaración de Ciudad del Cabo sobre Educación Abierta, 2007).

Otra suposición que no siempre es cierta es la igualdad de acceso.

Un enlace de vídeo o una gran presentación de diapositivas pueden ser fáciles de usar para un colega e imposibles para otro, y lo mismo se aplica a los estudiantes. Cuando ignoramos la desigualdad de acceso, el «intercambio» puede acabar beneficiando a quienes ya cuentan con recursos. Todas estas formas de ingenuidad alimentan la creencia de que la reciprocidad se producirá por sí sola. Imaginamos que si unas pocas personas dan ejemplo compartiendo, el resto se sumará de forma natural. Pero sin normas, reconocimiento y la sensación de que la contribución es segura, muchas personas siguen siendo consumidoras porque es más fácil y menos arriesgado. El resultado es que siempre son las mismas personas las que siguen dando.

An illustration depicting the concept of sustainable sharing, featuring people uploading, exchanging lesson plans, and icons representing feedback, contributions, and access for all. Text highlights inclusivity, reciprocity, and support.
Imagen generada por ChatGPT

Entonces, ¿cómo sería un enfoque menos ingenuo?

  • Empieza por un cambio de mentalidad. Compartir es una responsabilidad colectiva, no es el trabajo no es remunerado de unos pocos entusiastas. Una vez que aceptemos eso, podremos crear prácticas que hagan que compartir sea sostenible en lugar de exclusivo. Un paso práctico es hacer que las contribuciones sean visibles y valoradas. Esto puede ser tan simple como reconocer a quienes colaboran, mantener una carpeta compartida que acredite claramente la autoría y celebrar los «pequeños intercambios», como un memorándum, un ejemplo práctico o una breve reflexión sobre lo que funcionó en clase.
  • Un segundo paso es normalizar la reciprocidad de una manera amistosa y realista. Si descargas un recurso y te resulta útil, responde con una breve nota. Si lo adaptas, comparte la versión adaptada. Si no puedes producir una lección completa, contribuye con una pequeña parte, una rúbrica, una traducción de las instrucciones, una versión simplificada con pocos datos o un conjunto de ejemplos alternativos. Cuando la contribución se enmarca como pequeña y factible, es posible que participen más personas.
  • Un tercer paso es reducir la presión de la perfección. Una cultura de intercambio sostenible puede crecer con el tiempo a través de la iteración de borradores, diferentes versiones y mejoras. Si la comunidad da cabida a recursos «suficientemente buenos», compartidos con contexto y con la opción de perfeccionarlos, más personas compartirán y la calidad mejorará gracias al esfuerzo colectivo.
  • Por último, diseña para las realidades locales. En Sudáfrica, los archivos más pequeños, los formatos editables, los documentos aptos para teléfonos y las opciones imprimibles son los que mejor se adaptan a nuestro contexto. Las instrucciones claras ayudan a otros a utilizar lo que compartes sin tener que adivinar, y una localización bien pensada hace que el intercambio sea más inclusivo.

El reto de compartir es real, y los enfoques ingenuos seguirán reproduciendo el mismo patrón: unos pocos fieles dan, mientras que muchos toman en silencio. La buena noticia es que esto no es permanente. La tendencia puede cambiar cuando reconocemos las contribuciones, reducimos el miedo, generamos confianza básica en las licencias y normalizamos la reciprocidad. Así que aquí va mi invitación. Si has sido un descargador silencioso, conviértete en un participante visible. Ofrece comentarios, comparte algo a cambio, aunque sea poco, y da crédito a las personas cuyo trabajo te ha ayudado. Si diriges un equipo o una comunidad, crea las condiciones que hagan que compartir sea justo, seguro y sostenible. Compartir es una práctica que debemos desarrollar. En Sudáfrica y en todo el mundo, donde las limitaciones son reales, nuestra apertura no puede permitirse ser ingenua. Debe ser intencionada, equitativa y compartida.


Referencias

Declaración de Ciudad del Cabo sobre Educación Abierta. (2007). Declaración de Ciudad del Cabo sobre Educación Abierta: Liberar el potencial de los recursos educativos abiertos. https://www.capetowndeclaration.org/read/

UNESCO. (2019). Recomendación sobre los recursos educativos abiertos (REA). París: UNESCO. Consultado el 4 de febrero de 2026, en https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000383205


✍ La serie de artículos. Este artículo forma parte de la serie «Compartir es un desafío», publicada a lo largo de marzo de 2026, en colaboración con la Cátedra UNESCO RELIA y la red UNITWIN-UNOE.

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🖼️ Imagen destacada. La intención artística original sigue siendo la del artista y puede diferir de la intención editorial de nuestra adaptación. Agradecemos a Ana Filipa dos Santos Lopes por compartir su obra en Fine Acts bajo la licencia abierta CC BY-NC-SA 4.0.

🌐 Traducción. Este artículo ha sido redactado en inglés. Esta traducción, realizada mediante herramientas automáticas y posteriormente revisada por nuestro equipo, puede contener imprecisiones. Le invitamos a comunicarnos cualquier error.

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