Imagen destacada: «Composición de varias palabras en árabe y francés: compartir, educación» de Ahmed Galai (2026) para «Compartir es un reto», remezclada por la Cátedra RELIA de la UNESCO.
👤 Ahmed Galai. Activista por los derechos humanos y los pueblos. Miembro del comité directivo de la Liga Tunecina de Derechos Humanos de 2000 a 2016 (Premio Nobel de la Paz 2015 con el Cuarteto del Diálogo Nacional). Miembro del consejo científico del Instituto Árabe de Derechos Humanos y de la comisión nacional para la reforma del sistema educativo tunecino. Antiguo consejero general en información y orientación escolar y universitaria.
Hablando de compartir, se puede parodiar fácilmente el adagio de la Escuela de Palo Alto: «No se puede no comunicar», ya que la comunicación y el compartir son conceptos concomitantes. Efectivamente, «no se puede no compartir».
El compartir es un valor social fundamental arraigado en los usos interindividuales y sociales desde la formación de las primeras sociedades humanas. El Potlatch, por ejemplo, es una práctica muy antigua analizada por el antropólogo Marcel Mauss (Ensayo sobre el don). Esta forma de don ritual muestra cómo los pueblos indígenas de los actuales Canadá y Alaska daban y recibían durante sus festividades sociales o religiosas bienes, alimentos o mantas, marcando así su estatus o prestigio y cimentando las relaciones sociales jerárquicas reconocidas.
Ya fuera mediante el trueque u otros medios, los intercambios no solo permitían satisfacer las necesidades materiales de consumo, sino también los sentimientos, las ideas y el sentido en el que cada uno puede hacer prevalecer su individualidad y su aportación específica. De hecho, Al-Jâhiz, enciclopedista árabe del siglo VIII d. C., lo percibió claramente al escribir «las ideas se lanzan a los caminos, pero es por las palabras que las personas se distinguen…» (إن المعاني ملقاة على قوارع الطريق، وإنما يتميز الناس بالألفاظ). Este pensador del siglo VIII d. C. sostiene que las ideas no están encerradas en la mente de un erudito, sino que son un bien común accesible a todas aquellas personas que quieran utilizarlas, comprenderlas y transmitirlas. Las ideas circulan libremente y cada uno de nosotros debe demostrar su singularidad creativa a partir de lo que es común. De esta circulación nace y progresa el patrimonio universal del conocimiento humano. La Ruta del intercambio de la que habla AL-Jahiz es ese espacio vivo, rico y colorido, afirmado por nuestros viajes, nuestros debates, nuestras diversas lenguas y culturas. ¿No decía Descartes que «el sentido común es la cosa mejor repartida del mundo»?
Así es como nuestra inteligencia se multiplica cuando la compartimos lejos de cualquier intento de confiscación: aprendemos a abrirnos a la alteridad y a construir juntos nuestro mundo.

Es evidente que la escuela, espacio de socialización por excelencia, se nutre de este rico terreno que es el intercambio. Para Durkheim, «la educación es la acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquellas que aún no están preparadas para la vida social» (Educación y sociología, 1922). Esta transmisión intergeneracional no es una simple transferencia mecánica. Se trata más bien de un acto reflexivo mediante el cual los adultos preparan las condiciones para un intercambio social de valores y conocimientos.
La educación aparece entonces como una ética de transmisión y de intercambio para construir el futuro, sobre todo en el mundo actual, marcado por las desigualdades, las tensiones sociales y la competencia generalizada.
Compartir la educación es reconocer, ante todo, que el conocimiento es un bien común que debe distribuirse de forma democrática y equitativa, sin discriminación alguna, de acuerdo con un enfoque basado en los derechos humanos. Para garantizar que la educación sea un factor de emancipación y no de dominación y «reproducción de las desigualdades» (Bourdieu), habría que velar por la accesibilidad de todos y todas mediante el intercambio de planes de estudios, abriendo las escuelas a su entorno, fomentando el aprendizaje entre iguales, apoyando los recursos educativos libres y reconociendo la diversidad de formas de conocimiento y las inteligencias múltiples (Gardner). Esta lógica de intercambio contribuye a reducir las fracturas sociales y a reforzar la justicia educativa.
Al funcionar mediante el intercambio, la escuela también debe educar en el intercambio para corregir los sesgos de la competencia y la búsqueda desenfrenada del rendimiento. Porque los valores del intercambio se aprenden. En la escuela, esto se consigue mediante pedagogías cooperativas, proyectos colectivos, trabajo en grupo, debate y ayuda mutua. Educar en el compartir es aprender a dar y recibir, a escuchar al otro, a reconocer que se progresa mejor juntos que solos. Estos aprendizajes desarrollan competencias para la vida, como la empatía, la solidaridad y la responsabilidad.
Al valorar el compartir, la educación combate la lógica del individualismo e invita a pensar en el éxito no contra los demás, sino con los demás. Prepara a los ciudadanos y ciudadanas para el diálogo, la solidaridad y la resolución pacífica de conflictos con el fin de construir juntos una sociedad más justa, inclusiva, solidaria y pacífica.
✍ La serie de artículos. Este artículo forma parte de la serie «Compartir es un reto», publicada a lo largo de marzo de 2026, en colaboración con la Cátedra UNESCO RELIA y la red UNITWIN-UNOE.
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🌐 Traducción. Este artículo ha sido redactado en francés. Esta traducción, realizada mediante herramientas automáticas y posteriormente revisada por nuestro equipo, puede contener imprecisiones. Le invitamos a comunicarnos cualquier error.
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